¿Los nuevos medicamentos para adelgazar son la solución?
Especialistas advierten que el verdadero desafío sigue siendo la relación con la comida.
Mientras aumenta el uso de fármacos inyectables y pastillas para bajar de peso, especialistas en nutrición y salud mental llaman a mirar más allá de la balanza. Aseguran que, sin cambios en la relación con la alimentación y en los hábitos cotidianos, ningún tratamiento por sí solo puede generar bienestar sostenible.
En los últimos meses, el mercado de medicamentos para bajar de peso ha crecido de manera acelerada. Inyectables y nuevos tratamientos farmacológicos prometen resultados rápidos y han instalado una conversación que va mucho más allá de la medicina: ¿son realmente la solución? ¿Qué ocurre cuando se suspenden? ¿Qué papel juegan la alimentación y la salud mental durante el proceso?

Para Pascale Lapierre, nutricionista, y Constanza Hasche, psicóloga clínica, ambas fundadoras de Nutrimind, la respuesta debe entenderse desde una mirada integral.
“Estos medicamentos pueden ser una herramienta válida en casos específicos, siempre indicados y supervisados por un médico. Nuestra preocupación es otra: que se instalen como una promesa de solución total, reforzando la idea de que el cuerpo es un problema que hay que corregir. Ningún fármaco puede hacer el trabajo de reconstruir la relación con la comida, y ese es el cambio que realmente se sostiene en el tiempo”, explica Lapierre.
Las especialistas advierten que reducir la conversación al peso deja fuera lo esencial: los factores emocionales, la historia con la comida y el contexto de cada persona.
“Muchas personas llegan pensando que el problema es simplemente cuánto comen, siendo que en realidad detrás puede haber ansiedad, estrés, culpa, alimentación emocional o años de dietas restrictivas. Si eso no se aborda, es muy difícil sostener los cambios en el tiempo”, señala Hasche.
Otro punto que preocupa a las profesionales es qué ocurre cuando estos tratamientos terminan. Si bien cada caso es distinto, ambas coinciden en que un medicamento puede modificar el apetito mientras se utiliza, pero no entrega las herramientas necesarias para sostener esos cambios una vez finalizado el tratamiento.
“El fármaco puede disminuir el apetito, pero no enseña a reconocer el hambre y la saciedad, ni a gestionar las emociones sin usar la comida como única vía. Si esas habilidades no se desarrollan, la persona queda igual que antes, y muchas veces con más frustración y más culpa encima”, agrega la nutricionista.
Desde Nutrimind enfatizan que no existe una única respuesta para todas las personas. La decisión de utilizar un medicamento para adelgazar debe ser individualizada, evaluada por un médico y acompañada por un trabajo integral que considere la salud física, emocional y los hábitos de cada persona.
Para las especialistas, la irrupción de estos tratamientos representa una oportunidad para ampliar la conversación sobre bienestar y cuestionar la idea de que la salud depende exclusivamente del peso o de una solución farmacológica.
“No estamos ni a favor ni en contra de los medicamentos: esa es una decisión médica e individual de cada persona. Lo que sí defendemos es que nadie debería pasar por un proceso de salud sintiendo que su cuerpo es el enemigo. Sanar la relación con la comida y con una misma no es el complemento del tratamiento: es el corazón del cambio”, concluyen.
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